Si llego a fines de octubre vivo, se cumplirán siete años desde que me mudé a este departamento. Como nos dijo una abogada de familia cuando iniciamos el divorcio: de alguna manera la separación es un empobrecimiento. Se refería estrictamente a lo monetario. Cualquier otra interpretación de lo que dijo sería completamente discutible, hasta erróneo.
La elección fue fácil. Un conocido de un conocido lo alquilaba a un precio razonable. Era un contra frente luminoso a estrenar. La ventana del living miraba a la copa de un pino verde y tupido. Todas las casas de enfrente eran bajas lo que permitía tener una vista limpia y amplia en todas las habitaciones. Me resultó clave que estuviera ubicado a pocas cuadras de mi anterior casa; me simplificaba la logística familiar con mis hijos de 9 y 6 años. Lo único que no me cerraba del todo era vivir sobre una de las dos avenidas más transitadas del barrio de Chacarita. Sin embargo, el combo daba positivo.
Lo fui amueblando de apoco. En el único lugar que realmente me concentré desde un primer momento fue en el cuarto de los chicos. La novedad para ellos era compartir la misma habitación y dormir en cama cucheta. Obvio, el más grande eligió la de arriba y esa organización sigue inamovible hasta hoy en día. Armé el living con algunos muebles que no usábamos en la agencia. Al poco tiempo encontré a buen precio las típicas copias de la serie 7 Butterfly diseñadas en el 55 por Arne Jacobsen (Muchos las confunden con la silla Ant del mismo autor). Gastar poca guita estaba todo el tiempo presente; la idea de mantener dos casas me pesaba. Amueblar mi cuarto lo fui postergando en el tiempo. Dormí con el colchón en el piso hasta hace un año y medio. Finalmente me decidí a invertir es un falso tatami que lo eleva a no más de catorce centímetros del suelo. De los sommiers detesto dos cosas: su precio y su altura. Mis dos mesas de luz son en origen banquitos. Pertenecían a un juego de mesa infantil de geometría plana y puntas radiales. Las compré en el negocio de decoración que tengo pegado al edificio y no creo que tengan más de un año.
El departamento venía pelado, sin equipos de luz, cortinas, extractor de cocina y aire acondicionado. Desde que empecé a vivir acá, estuve en tensión permanente con el equipamiento que faltaba, pero creía necesario. ¿Lo compro o no lo compro? era una pregunta recurrente. Como no pensaba vivir a la luz de las velas, el primer desembolso fue inevitable. Lámparas en todos los ambientes y como no podía ser de otro modo, esferas de papel chino en los dos cuartos y comedor tamaño XL. Mi vieja decidió regalarme el blackout para mi habitación y la de los chicos. Lo tomé como un mimo para empezar en el nuevo hogar. En el mientras tanto, tuve un rollo de cartón corrugado ya que necesito el máximo nivel de oscuridad, sino simplemente no duermo. Entendí que el extractor es un “nice to have” pero no un imprescindible para un depto alquilado. Debo confesar que la idea de empezar una negociación con el dueño para dejárselo o llevármelo cuando me vaya también me desalienta a comprarlo. Conclusión: Me acostumbré a cocinar casi sin olor. De tanto en tanto me olvido de la falta de este aparato y termino con al departamento completamente ahumado por un par de días.
Creo que el aire acondicionado necesita un capítulo aparte. Estuve muchos veranos sin refrigeración ambiental. Todavía no logro entender como lo soporté tanto tiempo, ni como los pibitos no se me sublevaron a la primera de cambio. Sobrevivimos a fuerza de ventiladores, ventanas abiertas y cortinas cerradas en días de sol intenso como lo hacen los habitantes de cualquier pueblo de ruta sin acceso a esta tecnología. Hoy en día, el aire es un estándar de confort, pero cuando yo era pendejo muy pocos lo tenían; era casi de millo. La única que me puso los puntos fue mi novia después de un tiempo. — ¡O comprás un aire o no cogemos más hasta el invierno! -. Creo que ella se fastidiaba más con la idea de pegotearnos piel con piel que con la de chapotear en sudor. Conociendo lo duro que soy para soltar un morlaco, Vale le encontró la vuelta a mi viejo para que haga el aporte del equipo. Si bien llevamos tres temporadas desde que incorporamos la brisa artificialmente fresca a nuestros días de verano, solo el primer año funcionó con precisión. En la segunda temporada de uso un pequeño goteo comenzó a erosionar la piel de pared. Luego de perseguir por varias semanas al service que me lo había instalado, su diagnóstico fue desalentador. El desagote que se encuentra en el interior de la pared tiene una obstrucción. La solución: corregir el desagote (obra infinita que tengo que negociar con la administración) o reinstalar el equipo (poniendo estaba la gansa). Ninguna de las soluciones me convencía. Pateé el problema para el verano siguiente, total no sabía si a fines de 2019 iba a renovar el alquiler. Ya empezaba a sentir que el departamento nos quedaba chico.
El país se fue a la mierda y frente a la incertidumbre económica del 2020 decidí renovar el alquiler por dos años más. En mi cabeza fantaseo con rescindir el contrato actual y mudarme a un 4 ambientes donde todos estemos más cómodos si la situación mejora. Parece que el verano tiene sus propios planes. Empezaron las altas temperaturas y el puto aire acondicionado sigue goteando. Me armé de ingenio y diseñé una suerte de canaleta con pedazos de plástico para desviar el goteo a un balde. El dispositivo funcionó a la perfección por tres semanas; después de ese tiempo la gotita de agua erosionadora volvió con toda. La situación no da para más.